LA NOCHE DE LOS NAHUALES

Benjamín M. Ramírez

 

DESPETROLIZACIÓN NACIONAL

 

Sucedió en el sur, como en cualquier ciudad, pueblo, región o municipio con presencia petrolera. Es la época de la bonanza, del despilfarro, del no prever para el futuro. Los árboles dan fruto a reventar. Los ríos traen no sólo la pesca milagrosa; los esteros y pantanos, lagunas y mares dan testimonio de sus riquezas acuáticas. Sólo recuerdos. La imagen se antoja surrealista. Es la riqueza que procede de la refinería, del oro negro, de los salarios inimaginables. El diálogo se da a orillas del río.

Él, un campesino sin más riqueza que los productos que expende. Las tierras que trabaja son rentadas. Duerme bajo un tejaban, una choza construida con barro, caña de otate y palmas. La barraca apenas abarca un área menor a los veinte metros cuadrados. En el fondo se aprecia el fogón con una llama que permanece despierta las veinticuatro horas del día, es el fuego del hogar, el del fogón perpetuo. En una esquina se entrevé un catre, un petate y una hamaca. En el catre duerme la pareja, en el petate los niños pequeños y en la hamaca el hermano mayor a quien ya se prevé la construcción de su propia choza. Los trastos son escasos. Todos de barro: la cazuela, los platos, las tazas. No hay hornilla, ni gas. Ni mesa, —se come en cuclillas, con las manos. Un pedazo de tabla hace las veces de fregadero—, tampoco hay agua corriente. Para eso está el pozo artesiano, la noria, que cuando el río crece, lo cubre. Entonces habrá que tomar de la única agua limpia que está en el cántaro.  En suma, es uno de los millones de pobres en un país inmensamente rico donde el petróleo brota como en manantiales, a raudales. Es el país de la abundancia petrolera que no es nuestra.

El otro, un ladino, un mestizo de la ciudad, con la suerte de trabajar como obrero de PEMEX, a la orden de su jefe, —un cabo de obras—. Apenas sobrevive. La casa también es pequeña. Sólo que a diferencia de la choza, —con sus paredes de barro— el techo es de lámina galvanizada. Tiene puertas y ventanas que se confeccionaron con barrotes y láminas lisas. Los que tienen pueden darse el lujo de ostentar puertas elaboradas con madera de cedro.

La ventaja del mestizo es que ha obtenido un contrato por catorce días como obrero transitorio en PEMEX, esa empresa que se manifestó como empresa de todos los mexicanos.  ¿El petróleo es nuestro? Nunca lo fue.

Como obrero transitorio tendrá que esperar muchos años para obtener el trabajo de base. Primero son catorce días de trabajo. Como transitorio o eventual, quizá trabaje de uno a siete días, posiblemente hasta veintiocho si le va bien, durante muchos años, luego la ansiada base. Entonces tendrá una ficha de trabajo que lo acredita como miembro petrolero. Pertenecerá al sindicato, al glorioso STPRM, liderado por el Secretario General de la sección a la que pertenece. Sin embargo, para que esto ocurra  tendrá que realizar muchos méritos, deberá confiar en la palabra de su patrón —el cabo de obras— ya que sólo él y su sagrada voluntad pueden asegurarle un futuro cierto de abundantes beneficios.

De antemano lleva su traje color caqui, el emblemático color que le asegura ser trabajador de la paraestatal que mantiene a todos los mexicanos. De ahí que su envidiable labor lo haga sentir orgulloso. La empresa que garantiza la primera entrada de divisas al país, vía PEMEX.

Está a orillas del río. Ha salido de una de las cantinas que pululan frente al malecón. Muy pronto llegará la temporada de “la creciente”, su casa se anegará como todas las que se encuentran en la ribera y en las partes bajas de la ciudad, sede de la refinería. Pero no le preocupa. Unas cervezas para mitigar el calor a cualquiera se le perdona.

No ha cobrado su primer salario. Ese y lo que perciba durante un año se lo quedará el patrón —para apartarle su ficha—, es el pago del compadrazgo. Aunque aún no tiene hijos sabe que cuando éstos lleguen ya tienen padrino. Es un trato vertical. El cabo de obras —un ladino— también buscó un compadre que está arriba.

El campesino, cándido, con voz tímida, le pregunta si no le gustaría apadrinar a sus hijos. —Ya tengo un mozo. Y aún no he encontrado padrino. Si usted me hiciera el favor—. Al principio lo duda. Sabe del compromiso. Primero un ahijado, luego los demás hijos querrán tenerlo como tutor. El alcohol lo envalentona. Además, él es petrolero. — ¡Qué vengan todos los ahijados! Entonces formalizan el acuerdo. Ha dado su palabra y en la palabra va su hombría. Aceptó ser compadre. Su primer compadrazgo.

La celebración del compadrazgo se da en el patio de una humilde choza con techo de palma. El invitado pidió cervezas. El anfitrión y sus invitados tendrán que conformarse con el aguardiente que fueron a buscar al pueblo más cercano. Mataron un guajolote para acompañar al mole. Otro, aguarda el momento para ser entregado al visitante y sellar así, un compromiso a perpetuidad.

Los bautizos tendrán que esperar hasta que el anfitrión logre ser también obrero en la refinería.

Empieza el regateo. ¿Para cuándo el compadre podrá trabajar en PEMEX? El ladino ya le regaló las botas y ropa de trabajo que por estatuto sindical se le entrega cada tres meses, también la capa que usa por los constantes aguaceros.

—Usted dele a mi tierra. Yo le indicaré cuando salga su ficha. Ya mi patrón sabe de usted y que en cuanto haya oportunidad le dará un contrato aunque sea de siete días. Lo importante es meter un pie.

Guajolotes van, guajolotes vienen. Regalos de la madre tierra. A veces, de los esteros y pantanos. La ansiada ficha no llega. El compadre parece haber olvidado su promesa. Decide recordarle.

—Perdone usted, compadre, pero su ahijado manda a preguntar que cuando saldrá mi ficha. O si hacen falta más guajolotes. Ahora le trajimos un marranito que crió su comadre para que lo disfrute en navidad. No se le olvide mandarle su aguinaldo al ahijado.

Así pasaron los meses. Por más faenas cumplidas en el rancho del patrón, —el cabo de obras—, desmontando, talando, arreando el ganado, en tareas interminables, con salarios meritorios, a cuenta de PEMEX, la ficha nunca llegó.

Así sucedió con todos. Los beneficios de la administración de la abundancia quedaron en manos ajenas. El campesino, el que ofreció joyas y guajolotes, jamás pudo disfrutar de las ganancias onerosas de una paraestatal que nunca fue nuestra.

El gobierno pregona que PEMEX corre un serio peligro después del primero de julio. Pero tendrá que aclarar de qué PEMEX se trata. Se acabó. Se ha celebrado la despetrolización nacional. Sólo en la formalidad existió PEMEX. En la realidad nunca la tuvimos. La exprimieron, la agotaron, la exudaron, agónica la ultrajaron vendiéndola al mejor postor.

Cualquier obrero en PEMEX hasta uno que ostente el nivel 28, o supervisor “A”, puede cubrir sus costos de manutención con la prestación sindical otorgado por concepto de despensa. Muy pocos lo aquilataron. La mayor cantidad de salarios quedó en burdeles y cantinas de baja monta. Otros más, en el dispendio, adquirieron compromisos sentimentales que a la postre ya no pudieron cubrir. Los más inteligentes, los ladinos, pudieron acomodar a sus vástagos en los estertores de muerte de la paraestatal.

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